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Curiosidades de Soria
Soria es la patria del frío..
Juan
Echanove
Cuentan,
y parece que es cierto, que cuando Carlo Ponti empezó la
preproducción de la película “El doctor Zhivago”, consultó a un
nutrido grupo de expertos meteorólogos cuál era el sitio de Europa
en el que se podrían rodar las escenas invernales de la película,
con total seguridad de la presencia de nieve durante todo el rodaje.
Los expertos le dijeron que el único sitio que reunía esas
características era Soria. Ponti no lo dudó y preparó todo para
establecerse en la capital numantina. Pues bien, por esas cosas del
cine, resulta que ese año precisamente fue uno de los pocos que se
recuerdan como un año en el que la nieve brilló por su ausencia.
Ponti, ni corto ni perezoso, emprendió la construcción del decorado
majestuoso de una estepa toda nevada, a base de escayolas, cristales
etc...”Una obra faraónica”...toda falsa, y carísima, qué duda cabe.
Pero la película se rodó allí. Yo todavía recuerdo escenas estivales
de mi niñez, correteando con mis hermanos por ese decorado todo
escayolado...a pleno sol en verano...beneficiándonos de esa apuesta
arriesgada de Ponti...Recuerdo que lo que más me impresionaba era el
vaho de los cristales, y los enormes carámbanos de cristal. Fue
seguramente mi primer contacto con el cine. También durante el
rodaje de “El Doctor Zhivago”, convirtieron la estación de Soria en
una estación rusa, toda llena de soldados de la revolución, de hoces
y martillos, de fotografías de Lenin, y en fin toda esa
parafernalia... Imagínense Soria pura y dura...de derechas
derechas...franquista a más no poder...convertida en pocas horas en
la Rusia comunista. Pues bien, cuentan que un aldeano que venía de
trabajar la tierra en Almazán, se quedó dormido en el trayecto que
separa este pueblo de Soria...Cuando despertó se encontró a la Soria
de su alma convertida en patria Bolchevique, y su cuerpo serrano no
lo resistió más de unos segundos. Murió en ese andén cubierto por la
bandera (no la bicolor sino la roja) y creyendo sin duda que los
rojos habían dado un golpe de timón a la situación española. De
vencedor se convirtió en vencido. Nadie comprobó la filiación
política del tal labriego, por lo que no puedo asegurarles si murió
de gozo o de terror...pero murió, dicen que murió... Y si non e vero
e ben trovato.
Lo primero
que yo hago cuando llego a Soria es darme un garbeillo por el bar
Torcuato. Este bar tiene una gran historia detrás. Situado en pleno
collado soriano, el “Torcuato” ha visto pasar a todas cuantas
personas han dejado sus huellas por las calles de Soria. Sorianos y
forasteros han disfrutado con una de las cervezas de barril mejor
tiradas de toda España, y con unos pinchos de escabeche en
taco...verdaderamente sensacionales. Yo he comido muchos pinchos de
escabeche a lo largo de toda la geografía nacional. Tengo verdadera
debilidad por ellos...me ocurre lo mismo que con las rabas. Siempre
que en un bar me ofrecen escabeche de bonito o rabas fritas yo las
como, sea la hora que sea. Pues bien los mejores escabeches de
España se comen en el Torcuato.
Este bar, que
ya está reformado, aún encierra un aroma evocado de serrín, de
veguero, de vinazo, de grandes tardes de toros en las fiestas de San
Juan, de las gestas heroicas de José Luis Palomar...de tantas
soledades castellanas, de la figura hierática de mi abuelo Aurelio.
Tardes de melancolía congeladas en el tiempo por el frío del
Moncayo, y mecidas en la memoria por los versos de Machado y el
miedo romántico de las leyendas de Bécquer.
Cuando llegamos a Soria con “El Verdugo” a cuestas, me enteré que
los hermanos Maroto (dueños del mejor restaurante de Soria...en mi
opinión:”Restaurante Maroto”) habían pegado carpetazo a su relación
profesional de tantos años y se habían ido cada cual por su lado.
Virgilio Maroto, que era el jefe de sala, se había quedado con el
restaurante del Espolón, y Millán...jefe de cocina había decidido
tomar carretera y manta y dedicar su tiempo a instruir a los
cocineros de Castilla-León en el difícil arte de dar de comer como
Dios manda
“Maroto” hace
unos años se colocó a la cabeza de los restaurantes castellanos que
iban un poco más allá de la elaboración tradicional de los productos
de la tierra, dando a sus platos toques de cocina europea, incluso
en algunos de ellos toques de alta cocina francesa. Esto, como todos
ustedes comprenderán, no es fácil empresa en Soria, pero Millán
Maroto sabía conjugar como nadie el hojaldre, la seta, el boletus,
la trufa, la trucha común, la caza...el buen vino de Ribera del
Duero. Y todo ello dentro de un restaurante que si bien no era una
preciosidad, sí es cierto que era agradable y acogedor
Recuerdo la
última vez que estuve en “Maroto”. Yo estaba representando en
Logroño “Como canta una ciudad de noviembre a noviembre” de F. Gª.
Lorca, y recibí una llamada de mi madre diciéndome que a mi abuela
Julia, 95 años de edad...le había dado un fatal ataque y se
encontraba en coma en un hospital de Soria. Como no podía ser de
otra manera, cargué el equipaje en el coche y me trasladé a Soria
durante unas horas, antes de viajar a Badajoz, que era la siguiente
plaza en la gira.
Cuando llegué
al hospital mi abuela todavía vivía...en un estado cercano al
fallecimiento, pero vivía. Tomé su mano entre las mías y miré por la
ventana de la residencia sanitaria. A través de ella se veía el
Mirón, y se adivinaba en la lejanía el río Duero y su curva de
Ballesta. Un frío de ermita de San Saturio se instaló por unos
segundos en mi alma y me sentí de repente huérfano de abuela. Una
persona querida, de las más queridas, se me iba con la corriente del
agua, confirmando además en mí el paso inexorable de los días. Me
despedí de mi madre y de mi tía Charo, que se habían quedado a cargo
de recibir a la pálida dama en la casa de mi abuela Julia...me monté
en el coche, y me dispuse a salir hacia Madrid con lágrimas en los
ojos. Al pasar por El Espolón, por delante del restaurante de los
hermanos Maroto, me acordé que las últimas veces que había comido en
Soria con mi abuela, lo había hecho allí. De modo que aparqué el
coche, entré, saludé a Virgilio, a Millán. Me preguntaron por mi
abuela, yo les dije que mal, ellos se mostraron afectados, la
querían mucho. Nos reímos con sus ocurrencias. Y entonces Millán
sacó de la cocina unos torreznos del alma, recién fritos, y unos
Boletus Plancha con trufas y Foie para ayudar a pasar el trago, que
en este caso además de ser amargo iba para definitivo... Cuando salí
de “Maroto”, miré hacia la terraza de casa de mi abuela. Dos palomas
jugueteaban en la barandilla. Cuando echaron a volar, se llevaron el
alma de mi abuela, un pedacito de la mía, y tantos recuerdos de
Soria, congelados en el tiempo como aquellos decorados de “Doctor
Zhivago”, a la espera de un postrer encuentro...más allá de esta
vida, en un lugar de gozo infantil, en donde no han de faltar los
torreznos de Millán. “Maroto” sin Millán...ya no es lo que era.
Soria sin mi abuela tampoco. Lo primero tiene remedio. Lo segundo...
La
separación de los hermanos Maroto ha sido una desgracia para los
amantes de la mesa de Soria. De todos modos hay un restaurante que
ha recogido el testigo con mucha voluntad, y con una tonelada de
esfuerzo. Se trata del restaurante “Tierra de Mautiko”. En esta casa
podemos degustar platos de cocina tradicional castellana con un
toque de confección, de ingenio, y repito: de voluntad, de mucha
voluntad. Cené en Tierra de Mautiko junto a mi primo Aurelio, y
junto a Canto y Sergio Barranco, amigos sorianos. Sergio Barranco
fabrica, a mi modo de ver, la mejor mantequilla de Soria, en sus
tres variedades: natural, dulce y salada. Sergio es un
romántico...Sí, ya sé que esto no es nada raro, pero es que Sergio
es un romántico de la mantequilla. La fabrica artesanalmente, habla
de ella como si hablara de su hija, viaja por todo el país
repartiendo latas de muestra a personas que a veces no saben
distinguir la mantequilla de la margarina, y no tira la toalla
Cenamos como
les decía un menú degustación compuesto de seis platos y dos
postres, regados por unas botellas de Carmelo Rodero Reserva,
maravillosas. Yo en el segundo plato, al ver que las raciones del
menú degustación no tenían nada que envidiar a las de un menú
normal, le comenté a Álvaro (el dueño), que si la cosa iba a seguir
por esos derroteros, veía muy difícil poder dar cuenta del menú
completo, a lo que él me respondió que ese era su principal problema
en Soria. Me dijo: “Aquí en Soria la gente come “al peso”, no
valoran tanto la calidad como la cantidad. Y además no se te ocurra
cobrarles más de 5.000 ptas por menú, porque es que se levantan de
la mesa y se van. Estas botellas de Rodero, las que quedan que no
son muchas, nos las vamos a acabar bebiendo mi hermano y yo” No te
preocupes Álvaro-le respondí, de estas dos de la mesa ya me encargo
yo. Mucho esfuerzo hay en Tierra de Mautiko. Cambiar las costumbres
de Soria es una utopía...realizable, por qué no, pero utopía al fin
y al cabo. Yo le deseo a Álvaro toda la suerte del mundo, pero mucho
me temo que para cuando este libro vea la luz, Tierra de Mautiko sea
un recuerdo en el campo soriano.!Ojalá que me equivoque!
Y es que en
Soria las recetas que siempre han gustado, han sido las procedentes
de la misma naturaleza. De entre todas, a mí las que más me han
seducido, han sido los escabeches. En Soria se escabecha de una
forma muy natural. No se complica el escabeche con verduras ni
especias, ni hierbas excesivamente aromáticas, ni con vinos
generosos. En fin, que se utiliza aceite, vinagre, sal, pimienta,
laurel y una cabeza de ajos entera. Se coloca en una tartera todo en
frío junto a las presas que queramos escabechar y se lleva a
ebullición durante el tiempo requerido para cada alimento que
queramos preparar. Se deja reposar unos días y tendremos un
exquisito escabeche digno de cualquier restaurante de cinco
tenedores. Mi abuela me enseñó a escabechar. La cocina para mí es un
armario viejo de un desván repleto de recuerdos...casi todos gratos.
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